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ESCRITORES DE SULLANA

ESCRITORES SULLANEROS:

HOUDINI GUERRERO TORRES

 

Nació en Talara el 12 de noviembre de 1965 y radicado en Sullana. Inicia sus estudios de secundaria en el colegio nacional "Ignacio Merino" de Talara y los termina en el C.A. Salaverry de Sullana.

Logra una mención honrosa en el concurso nacional "Cuento corto" del Perú, realizado por el suplemento "La Crónica cultural" que dirigía Manuel Pantigoso en Lima.

Luego ocupa el primer y segundo puesto, en poesía y cuento respectivamente,  en el concurso literario juvenil organizado por la Cámara Junior de Sullana.

En noviembre de 1986 edita la revista "Pierna cruzada". En 1987 publica el libro "Mec-Nom".

En 1990 publica la revista "Sietevientos", que en la actualidad lleva publicados 14 números

Obras:

“College quimérico”, “Desvaríos incoherentes”, “El tiempo borracho en días”, “Mec Nom, pájaro errante” (1987), “Crónica de las horas de un poeta ocioso” (1984), “Para cerrar los ojos de Dios” (1984), “La sombra que miras sabrá de tus cuchillos” (1984), “Los que perdieron te saludan” (1987), “Treinta, treinta” (1996). Ha dirigido las revistas “El algarrobo”, “Chaquira”, y “Metáfora piurana” con Alberto Alarcón.

En la actualidad, dirige la revista "SIETEVIENTOS", publicación anual.

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CARÁTULA DE LA REVISTA "SIETEVIENTOS" Nº 13

 

TRECE AÑOS DE SIETEVIENTOS

Rafael Gutarra.

"El nombre es el hombre/ y su primera finalidad, su nombre”, dice un pareado de José Espronceda. Washington Delgado lo utilizó en 1996 como pretexto para comentar un libro de cuentos de Houdini Guerrero Torres, contador de profesión, poeta, narrador, director y creador de Sietevientos. Mago, virtuoso y empedernido, así es Houdini Guerrero. Un artificio, una revista con buen gusto y una presencia terca y persistente en la vida cultural de Piura y del Perú, es su producto. Algo así como padre e hija. O sea, una relación de protección y libertad debe unirlos. Y algo así, también, como que el misterio, el juego y el talento para la prestidigitación se heredan.

Como su creador, Sietevientos, tiene un nombre mágico, alucinógeno y premonitorio. Tener la revista en nuestras manos es como inhalar (o signar, como dirían los brujos y shamanes que luchan contra los males que escaparon de la caja de Pandora) la savia de cactus de San Pedro de los Sietevientos. Leer cada número que empezó a circular en 1990, es un deleite y un aprendizaje fructífero, un aprender divirtiéndose, pudo haber señalado don Miguel de Cervantes Saavedra. Si la rivalidad no me gusta, no me atrae o no me vacila, como diría cualquier mozallón de principios del nuevo siglo, tentado por una especie de anarquía nihilista y por los favores individuales de un neoliberalismo que lo segrega, lo incita y lo envanece, me evado como yo quiero. La evasión como yo quiero, en realidad es una evasión programada, sistematizada y manipulada por la ley del mismo esfuerzo. Y la evasión es un estar conectado en otra cosa. Los jóvenes deben vestir a la moda, acudir a las cabinas de internet, trasnochar en los pubs y discotecas y moverse según los ritmos de los videos de MTV. A veces, en sus horas de ocio, los jóvenes escuchan radio o miran televisión de señal abierta y participan en concursos donde se adivinan los títulos de canciones de technochicha para tener la sensación de que están pensando. Esto es en el mejor de los casos.

 En los peores, los jóvenes y los más jóvenes, o sea los niños, no tienen oportunidad para nada. Se evaden y se aniquilan con las drogas en un mundo que nada les debe y nada les ha ofrecido. Es el mundo donde no existe ni siquiera la esperanza. 

La educación debería enseñarnos a vivir y a convivir en mejores condiciones. No se puede vivir si se nos priva de trabajo y de alimentos, pero tampoco se puede vivir sin música, sin pintura, sin cine, sin baile, o como diría el gran argentino Jorge Luis Borges, no se puede imaginar el mundo sin libros. Como tampoco se puede imaginar sin periódicos y sin revistas. Nos permiten la evasión. Pero una evasión enjundiosa. Un sondear con dos sentidos. Un sentido de distancia, de profundidad: los ojos. Y un sentido de proximidad, de pertenencia: las manos. El acto de leer una revista requiere de dos condiciones básicas: sensibilidad y decisión. Aquí pueden entrar a tallar los otros sentidos. La revista se puede oler, también escuchar y por último gustar, como lo hace, por ejemplo, el personaje Lucas Corzo, enla novela El Club Dumas de Pérez-Reverte. Por ello, las mismas estrategias que utilizó el creador: selección de textos, recursos gráficos, distribución de los espacios, elección del formato, elección de los colores, de la carátula, de los colores, de las secciones, deben servir y ser decodificadas por el usuario, el lector.

Juan Carlos Onetti, como me informó Houdini Guerrero, decía que las revistas están condenadas a uno o dos números y están destinadas a publicar los trabajos del director y sus amigos. Pero en el caso de Sietevientos es una feliz traición. Van trece números, la calidad de sus colaboradores está garantizada y jamás el director ha publicado un solo trabajo de su autoría. Las revistas culturales y literarias en el Perú han tenido un destino singular como cada una de las vidas de los seres humanos que han entrado en contacto o no con ellas. Quién se precie de buen lector de poesía, por ejemplo, es capaz de recordar la legendaria Haraui que dirigió Paco Carrillo. O la tenaz labor del Dr. Manuel Baquerizo en las Universidades de Huamanga y Huancayo merece ser reconocida por todo hombre sensible y emprendedor, así fueron apareciendo Universidad, Caballo de Fuego, Kamaq Maqui, Proceso y Ciudad Letrada. Las revistas en el Perú del siglo XX contienen los rastros del camino por donde transita el hombre peruano en busca de su realización humana. La muestra más sincera de ello son todas las revistas publicadas, pero el eje de todas ellas, es, sin lugar a dudas, Amauta, la revista que dirigiera José Carlos Mariátegui. En el caso de las bellas letras, que es un arte de validación póstuma, están la revista Literatura que dirigieran Luis Loayza, Abelardo Oquendo y Mario Vargas Llosa, Narración del grupo del mismo nombre, Estación Reunida, Kachkanirajmi e Hipócrita Lector. Han existido otras, es indudable. Pero el afán de abarcarlo todo puede llevarnos a la trivialidad de las ediciones electrónicas globalizadas. Existen muchas más. Algunas nacidas por el esfuerzo muy personal de su creador, otras por la animación grupal, todas éstas independientes del poder.

 Hay otras generadas por influencias no propiamente culturales que se editaron al interior de algunas universidades. Y otras que surgen con propósitos de promoción institucional, con dinero estatal o transnacional que difunden figuras, valores y concepciones hegemónicas. Como es notorio y meritorio, Sietevientos es una experiencia única, irrepetible. Pero como a su director le gusta dar la contra, y como es mago, canaliza inquietudes individuales, aportes de ONGs e iniciativas de instituciones académicas para apostar por la repetición, esa tendencia muy nuestra para asegurar la vida.

Así llegó el número trece de Sietevientos en trece años. Y así como señala el filósofo vasco Fernando Sabater, hay que comerse el coco, como muchos pueblos antropófagos abren o abrían- el cráneo de sus enemigos para comer parte de su cerebro en un intento de apropiarse de su sabiduría, de sus mitos y de su coraje. Hay que abrir las hojas de Sietevientos encontrando el texto del discurso al conferir el grado de Doctor Honoris Causa al escritor Mario Vargas Llosa en la Universidad Nacional de Piura, a cargo de Sigifredo Burneo Sánchez, ceremonia realizada en esta casa de estudios el 17 de diciembre del 2002, donde se realza el aporte a la literatura por tan connotado novelista y que se iniciara como tal en esta cálida tierra norteña. Pasando la hoja, leeremos la reseña tierna y sincera de Eduardo Urdanivia, confesando que el leiv motiv de sus poemas de ayer y siempre es la soledad, la búsqueda de sí mismo, y yo y mis fantasmas personales. La narrativa de Víctor Borrero, con su cuento El viejo chinaco, narrando los pasajes de la vida de un chino que llegó en forma ilegal al Perú, adaptándose al nuevo ambiente, pero conservando su identidad. En Archivo Documental, se divulga la obra del pintor huancaíno Josué Sánchez, a solicitud del don Manuel Baquerizo Baldeón, que falleciera poco después de la entrevista que Houdini sostuviera con el reconocido crítico. Más adelante, está el cuento Ya no llovería para julio, del joven escritor sullanero Cosme Saavedra Apón , que con este trabajo obtendría el segundo puesto en el Concurso Nacional de Cuento, que a sus 25 años tiene éste y otros reconocimientos a nivel nacional y como siempre, Houdini promoviendo a los jóvenes valores.

Seguidamente, en la sección Ex Libris, Julio Carmona, analiza dos libros, novedades editoriales que prometen bondades dignas de aprecio, La dama del estuario, donde el escritor Genaro Maza reúne cinco relatos, que abarcan la recurrencia a viejas historias regionales, y El corazón zanahoria, de Róger Santibáñez, que incursiona en el mundo de la infancia. Y para redondear la faena, se ejecuta en la Silla Eléctrica a los que se comieron el coco, es decir, se da una breve reseña biobibliográfica de los que colaboraron en este número.

Hasta aquí buena parte de nuestros sentidos al leer esto se habrán cansado. Y así como pudo haber dicho Macedonio Fernández, el gran amigo de Jorge Luis Borges, “hasta aquí la labor del editor, ahora le toca al público de hacer como que lee”

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