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ESCRITORES DE SULLANA

ESCRITORES SULLANEROS:

LUZ DEL CARMEN ARRESE PACHERRES

    

Escritora, profesora y empresaria, nace en Sullana en l948. Estudia primaria y secundaria en el CEP “Santa Ursula”.

A los 15 años ingresa a la Univ. “Inca Garcilazo de la Vega” donde se titula en la especialidad de Literatura y Castellano. En 1967 recibe el reconocimiento del rectorado por la publicación de su poemario “Poesía, prosa y nada”, dedicado a su madre. Fue fundadora del Grupo Literario Artístico Sullana (GLAS). En 1962 publica “Libreta de notas” y en l968 “Campos negros”

En 1996 la Municipalidad de Sullana le publica su poemario “Retorno de los latidos”. Otras obras son: “Palabra de capullana”, “Silvando lunas” (1997), “Dixi, “Canicas de papel” y “Paca Guaraca”, poesía llena de ensoñación  y vitalidad

Considerada como iniciadora de la síntesis poética, estilo original y de singular delicadeza. Ha sido antologada en “El hipocampo y las palabras” editado por la Biblioteca Nacional del Perú.

Hilarante narradora de anécdotas en la que demuestra su amplia cultura.

Alberto Alarcón, en su obra “Poetas y narradores de la región Grau”, respecto a Carmen dice “...es la poeta que representa el espíritu de transición de las escritoras piuranas hacia la modernidad”.

 J.G. Vargas en el libro “El perverso encanto de las voces” opina: “la perspectiva de Carmen Arrese se torna brillante cuando percibe y bucea el alma, con gran poder de síntesis” .

 

 

 

Poema

 

 

CAPULLANA DEL AYER

 

Repasando testimonios

como repaso los años

honor a la admiración

que sentí por mis abuelos.

 

Tradiciones de la vida

guardadas en mil cajetas

que reuní mocionada

recordando ratos buenos

 

Permíteme bosquejarte

con palabras enhebradas

mi paisano pensamiento,

que de tu origen encuentra

esparcidas las astillas

imperiosas de mi raza.

 

Madeja de trenzas brunas

relucientes de aceitillo,

piropos engalanados

con sus peinetas de brillo

 

Mejillas de rojo empacho

en faz mestiza tostada

en arcillosa callana

crisoles y porcelanas

 

Diaria habitual catadora

de la chicha y la caballa

luces tus largos zarcillos

con maliciosa sonrisa

y en tu receloso gesto

el matriarcal sentimiento

 

Por sobre los hombros llevas

alforja encantada en hilo

tejida en telar de incas,

en una talega el fiambre

y en la otra, oriunda limeta

tapada con tuza o chante

pa’ que no se caiga el agua

 

Olor de algarrobo tierna

desmayada en el petate

respetuosa cardinal

de tus curiosas costumbres;

luciendo en tu blusa blanca

las chaquiras que cerniste

en las arenas soleadas

 

Patente estoy recordando

a la churre del ayer,

la de los centavos gordos

 

Color intenso es la seda

de su falda, aún señora

peregrina del Cautivo

de Chocan y de Mercedes

faldón oscuro de vuelo

almidonado, albas cintas

bordadas en tus enaguas

tendida sobre la pampa,

escuchando con deleite

chilalos, soñas, choquecos,

con chirimías de alba.

 

Permíteme bosquejarte

en tu deshilada choza

de quinchas, cañas y esteras

que paró tu compañero

allá, sobre la lomada

rodeada de algarrobos,

tamarindos y tarayas,

siendo de una misma laya;

chavelitas y diamelas

presintiendo las entradas

dentro de tu humilde hogar,

aroma a café de olleta,

sahumerio de palo santo

a soledades de chacra.

 

Provocante seducción

son tus calzas coloridas,

pañadora de algodón

de algarroba y chamizas,

no me rezondres si miro

cantar y bailar tonderos

con tus zapatos de sol,

tus escarpines de arena,

curvada, mirando así

tu pañuelo alborotado

 

Un cántico de cololos

en las noches de faena

son de banda en la retreta

bajando a la ciudad ajena

 

Hechura en paja y tejido

tu sombrero entre el gentío

cual cántaros que abrazados

marchan besando tu suelo

Capullana de Sullana

alumbrada por mechones

con tu acento cantarín

¡Miénchicla! ché-guá-yá que ya,

y tu risa escandalosa

cosecha de temporal;

bebes néctar fermentado

en las tinajas de barro

servido en potos redondos

calabazos bien tatuados.

 

Poco a poco ya te pierdo

seducida en lo moderno

como una galleta de agua

que en el tiempo se deshizo

remojada en un pocillo

como un tabanco de cristal

que se quebró con los años.

 

Cuento

BAJO EL CHARÁN

I

Es difícil llamarse Rosario siendo varón. Pero más difícil es ser hijo de doña Francisca Mendoza. A doña Francisca Mendoza le gustan el orden y los rezagos del matriarcado. Su hogar luce lleno de aperos, reatas y mercancías. Son las cinco de la mañana, afuera está en el oscuro y claro. A lo lejos se escucha el canto de un par de Chilalos madrugadores. Rosario mira silencioso todo el bullicio que ocasiona doña "Pancha". Siente ganas de fumar pero jamás lo haría delante de su madre así que contiene las ganas. Han pasado los meses de lluvia y se van a reanudar los viajes al otro lado de la frontera. Rosario será el cabeza de la empresa. Sus hermanos estarán bajo su responsabilidad. Es un encargo difícil el que le ha asignado doña "Pancha". ¿Cómo controlar a aquellos padrillos que lejos de su madre echan al aire todas sus pasiones contenidas? Cariamanga está a muchos días de ruta y en estos días compartirán de todo: recuerdos perfumados con reseda y ramos de rosas llenos de espinas.

Rosario sigue mirando como doña Francisca Mendoza recuenta los costales de yute alineados en el suelo calculando en almudes el total de la cosecha que está por comercializar. Imperativa conmina a los sumisos hijos varones acelerar el repulgado de los sacos. Las mujeres acopian los talegos de provisiones y fiambre para el camino. Hay en el aire mixtura de olores y algarada de larga jornada.

-¡Ya es hora de cargar!- Retumba la voz de doña Pancha. Las acémilas son debidamente aperadas, con carga balanceada sobre el lomo, las alforjas y un calabazo de agua en cada uno de ellos. Los jinetes sobre sus caballos guardan el revólver en la cartuchera. Doña Pancha los reúne y bendice uno a uno a sus seis hijos que emprenden la partida. Lágrimas, encargo de las hermanas para los solteros y de sus mujeres para los casados. La voz estentórea de doña Pancha sorprende a Rosario:

-¡Rosario!-, hijo ¡no que olvides del encargo de mi comadre Catalina! ¡Por el amor de Dios, tráele noticias de su muchacho!

- No te preocupes mamá, así lo haré.

-¡Diosito me los llevé y me los traiga con bien!

Le pesan las palabras de doña Pancha a Rosario y lo curioso es que no sabe por qué.

Rosario trata de ser un buen hijo, pero hay algo que lo separa de su madre ¿será su voz demasiado autoritaria? ¿O ésa mirada que parece relámpago? Doña Pancha ahora sólo ve una nube de polvo que se desvanece en el horizonte. La casa se ha quedado en silencio y ella empieza a apagar los mechones de kerosene con los que se han alumbrado.  El día va tomando cuerpo. La vida se va introduciendo a borbotones en el pueblo.

II

- Este viaje será mejor que el anterior, llevamos setenta burros - comenta Rosario en voz alta. Sus hermanos asienten con la mirada. El viaje es duro. Avanzan toda la noche y madrugada. Descansan cuando el sol está fuerte para despistar a los bandoleros que nunca faltan. La canícula arrecia, apenas si se escucha el canto de algún pájaro, sólo aves carroñeras revolotean distantes en el firmamento. "Todo en la vida es intercambio", piensa Rosario, piensa además en la sal, maíz  y grano que llevan. Del otro lado traerán café, cacao y chancaca.

La noche le trae una sorpresa Rosario. Ha contado los jumentos y le faltan siete. En algún momento de distracción y cansancio los  borricos han desertado. Emprende la búsqueda con un nudo en la garganta. Cruza la quebrada. Se imagina las recriminaciones de doña Pancha y ello le da valor para seguir la búsqueda. Tiene que encontrarlos, además están frescas las huellas, no van tan lejos. Cuando la esperanza lo abandonaba escuchó un rebuzno. Juntó fuerzas y siguió la búsqueda. La luz de la luna, que "alumbraba como el día", lo recompensó mostrándole las acémilas.

Arreó la pequeña piara hacia un Charán majestuoso y plateado. Impresiona a Rosario el porte de aquel arbusto de espontáneo brote, era un ejemplar no tan común por aquellos lares. Una belleza de ramas intrincadas bañadas por el viento y la luz de la luna. Aligeró la carga de los fatigados animales, hizo una fogata y se tendió cerca de ella. "Lo importante es que los hallé con carga y todo" pensaba. Suspiró aliviado pensando en sus hermanos seguramente preocupados con su tardanza. La sonrisa de satisfacción se le borró de pronto. Un quejido lastimero se le metió a los oídos, era un lamento profundo, casi sobrenatural paralizado de terror recordó “”la vieja leyenda del Charán encantado”, leyenda que todos los arrieros narraban en sus horas de sosiego. Por un momento intentó rezar pero de sus labios sólo brotaba "Dios, Dios". Las oraciones que le enseñara doña Pancha a punta de latigazos habían fugado de su memoria. Luego vino el abandono total sintió que en el universo sólo quedaban el árbol ondulante y él. Quiso acudir a la esperanza de creer que todo era un sueño, una pesadilla, pero todo era real: la luna y el viento que doblegaban las ramas de un lado para otro y aquel momento de ultratumba que lo empujaba - como mariposa a la luz de una vela- a acercarse al Charán. Sí, una fuerza sobrenatural lo hizo trepar el árbol y toparse con el objeto se producía su miedo. Era un objeto de metal que al rozar con las ramas producía ese gemido de espanto. Rosario con una sonrisa de oreja a oreja acercó a sus ojos el bulto: era un hermoso machete con empuñadura de nácar. Bajó del árbol y decidió que por esta noche bastaba de aventuras. Logró dormir y soñar. Se levantó alegre y se dispuso a retornar junto a sus hermanos, ensilló las bestias, con una horqueta se ayudó a cargarlas .Iba ya a partir pero sintió la frescura del Charán como despidiéndolo. Sacó su trofeo ganado al viento y la noche. Era un machete similar al que doña Pancha le regaló cuando empezó su carrera de comerciante. Un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo al reconocer en el arma las iniciales J. M., eran las iniciales de Juan Montero el hijo de Catalina, la comadre de doña Pancha. Juan Montero era arriero como Rosario, hacía un año no regresaba a la casa materna, la gente especulaba un montón de cosas, unos decían que si había "robado" una muchacha y se había fugado con el dinero de la madre, otros afirmaban que lo habían visto al otro lado de la frontera totalmente distinto, con bigotes y otro nombre, que seguramente se había enrolado como secuaz de Naúm Briones. Eran tantas las habladurías pero su madre aún lo esperaba y no dejaba de encargarles a los arrieros que buscaran noticias de su amado hijo. Un ligero temblor en el párpado derecho acometió a Rosario. La voz de doña Pancha retumbó en su pensamiento y le ordenó remover la tierra bajo el Charán. Así lo hizo como autómata. El sudor que le cubría el rostro se confundió con algunas lágrimas cuando encontró el cuerpo de Juan Montero, "el diente mocho" "mote" del amigo, lo delataba. No sabía si las lágrimas eran por Juan o por el dolor que embargaría a doña Catalina. Cuando terminó la ingrata tarea supo que realmente las lágrimas eran por el mismo. Este, definitivamente, sería su último viaje de oficio; de ahora en adelante sería un comerciante estable, de los que compran la mercadería a los arrieros. Miró al Charán y se le rebeló el rostro doña Pancha que seguramente iba a "trinar" con su decisión, pero no se amilanó, él era Rosario, ¡el hombre que venció el encanto del Charán! y  narraría a sus nietos mil aventuras en las noches de sosiego

Autora: Luz del Carmen Arrese Pacherres

                             Escritora y Poeta Peruana

 

 

   

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